domingo, 15 de septiembre de 2019

Reclamo a los candidatos




Teclado

¿QUÉ DICEN DE LA
CRISIS DEL CIVISMO?

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA

En el fuego graneado al que se someten los candidatos a la Alcaldía de Medellín durante los mal llamados debates por televisión, ha faltado más énfasis en lo esencial, que es la reconstrucción de la estructura moral y ética. Los aspirantes a la elección han sido explícitos, generosos y hasta redundantes en sus respuestas sobre seguridad, movilidad, infraestructura, empleo y, claro, el tema infaltable del tren de la 80. Al hablar de educación han hecho más énfasis en la ampliación de cobertura y en la construcción de colegios y aulas, pero dejan vacíos, lagunas, sobre lo que sería un proyecto para la recuperación de las costumbres, el comportamiento ciudadano, el respeto a los demás, la tolerancia y la necesaria correlación entre derechos y deberes.

La ciudad está afrontando una gravísima emergencia en materia de ética. Al fenómeno ya insoportable del bloqueo por insuficiencia y estrechamiento injustificable de vías, se le suma el modo incivil, vulgar, retador, ofensivo, prepotente que suelen exhibir muchísimos individuos, incluidos tipos dizque dotados de solvencia cultural, que se sienten dueños y señores excluyentes del espacio público y facultados para injuriar a todo vecino al que acosan porque para cuando el semáforo está en rojo, usa como transeúnte un paso de cebra, pone la direccional para cambiar de carril o hace cualquier maniobra prudente. El agravio con palabrotas y desafíos a que se den hasta bala era algo inaudito en una ciudad en la que nos ufanábamos de no copiar los modos de obrar de cierta capital.

Son malas costumbres que, por obvias razones, no van a corregirse con la apelación ingenua a la anacrónica Urbanidad de Carreño, pero que deberían inquietar a los administradores para que emprendan una estrategia radical con las familias y el sistema educativo. Un Alcalde, como gobernante, debería ser el titular de un magisterio fundamental en cuestiones cívicas. Educar es gobernar.

No extrañemos que en las mal llamadas redes sociales se propaguen el matoneo, el insulto, la injuria y la grosería desbocada de usuarios maleducados. Así se comportan en la vida diaria en hogares, colegios, universidades y empresas. La realidad virtual es un espejo de la que se vive día a día en las calles.

Desde el primer día de su mandato, el nuevo Alcalde debería comenzar con la convocación general a ejecutar una campaña intensiva, amplia, permanente y del mayor alcance para reeducar a niños, jóvenes, adultos y hasta ancianos sobre valores, principios y equilibrio entre deberes y derechos. Vendrán muchas intervenciones de los candidatos. Quienes las organizan, ojalá cojan el toro por los cuernos y planteen lo que es más apremiante. Medellín, con maestros, padres de familia y estudiantes, está mostrando un vergonzoso fracaso en materia de educación cívica. 



lunes, 9 de septiembre de 2019

PERIODISMO Y POLÍTICA


PERIODISTA POLÍTICO VS. POLÍTICO PERIODISTA

Elementos para una discusión sobre el periodismo y la política.

La política está grabada en el Adn del periodismo. No es concebible, en el buen sentido, un periodista que no acepte la política, así como tampoco es aceptable la privación de la política en el ejercicio de la ciudadanía. El ser humano, como individuo político (el zoon politikon, el animal político desde Aristóteles) es el hombre vinculado con la sociedad, dotado de la condición de ciudadanía y de la estructura ética indispensable para actuar en conjunto con los demás individuos para la búsqueda del bien común.

Por consiguiente, la política le es inherente. Y en una profesión que no puede desligarse del altruismo, como es la del comunicador periodista, sí que es importante comprender el asunto de la política, muchas veces venido a menos e incluso descalificado por críticos no bien informados.

El problema está en el error de confundir la política vinculada con la excelencia ética y la politiquería o la baja política. Una actividad tan desacreditada y cuestionada como la política, a lo largo y ancho del planeta, por obvias razones no debería aceptarse como parte del periodismo o como tarea correspondiente al buen periodismo. Hecha esta aclaración, es preciso advertir cómo en el discurrir de la sociedad humana, en todas las épocas y desde cuando el periodismo comenzó a manifestarse como actividad dotada de entidad e identidad propias, su influjo ha sido determinante.

Así, por ejemplo, en los tiempos del advenimiento de las ideas de la racionalidad ilustrada, habría sido imposible que se hubieran propagado sin el periodismo. En la Independencia de los Estados Unidos, en la Revolución Francesa, ambas a fines del Siglo Dieciocho, sin la prensa, sin publicaciones políticas, habría sido imposible la difusión de los principios y valores libertarios e independentistas. Nunca habrían salido de núcleos privados, de tertulias políticas y literarias, de sociedades casi clandestinas, hasta convertirse en movimientos que trazaron nuevos rumbos a la historia. En las provincias de la Nueva Granada, fue también el periodismo el que actuó de modo decisivo para que las ideas de libertad no fueran reservadas al modo de pensar y actuar de minorías ilustradas, sino que se extendieran por medio de los periódicos hasta alcanzar diversos estamentos de la sociedad. A propósito, quiero citar una ponencia reciente sobre Antonio Nariño, el Precursor y al tiempo el fundador del periodismo de opinión en la Nueva Granada.

(Ver apartes del artículo en referencia)

Por supuesto que en las relaciones con la política el periodismo ha tenido momentos conflictivos. Sobre todo cuando, como lo hemos planteado, más que periodismo político se ha dejado que haya políticos periodistas.

Valga decir, cuando el periodismo ha pasado a rebajarse, a la condición de pretexto para hacer política. En tales condiciones, pierde independencia, sacrifica la libertad y disminuye de modo dramático la credibilidad y la confiabilidad, pues se deja arrastrar por la política degradada.

Con todo, hacer política, en el sentido de contribuir al bienestar de los asociados, a la solución de los problemas de la sociedad, a la comprensión y la identificación del sentido verdadero de los hechos, es parte de la responsabilidad social del periodismo. ¿Pero cómo, entonces, asegurar que en tiempos de debate electoral, como los actuales, el periodismo no se desvíe de sus fines éticos y no se pliegue a los intereses de los políticos, no importa si sean legítimos y recomendables? ¿Cómo garantizar la independencia crítica frente al poder, la fama y el dinero? He ahí el problema central, en torno al cual es razonable que sigamos dialogando.